¿Después de dos siglos, amar sigue siendo un no-sé-qué?
- Un texto de José Antonio Marina No. 28-
Los investigadores que han estudiado la empatía han comprobado que el desligamiento del amor aparece poco a poco en la vida del niño. Hoffman ha distinguido varias etapas en este desarrollo. A los pocos días de vida, el niño siente el malestar contagiado al experimentar el malestar de otro niño. Todo parece indicar que el niño siente su propio malestar, no el del otro. Después comienza a sentir una simpatía más descentrada, prosocial, que va a hacer que se interese por el bienestar de otra persona. Es este fenómeno el que posteriormente va a favorecer o intensificar la educación, reuniendo otros varios sentimientos que afirman con energía los valores del objeto. Por ejemplo, la admiración o la experiencia estética parecen sentimientos muy poco subjetivos, ya que el protagonismo lo lleva la propia prestancia de la cosa. Al hablar de la experiencia estética tendemos a verla como una mera contemplación del objeto bello, y lo mismo sucede en la admiración. En la relación amorosa también aparece la definitiva independencia de los valores del ser amado respecto del sentimiento. El amante ve con claridad en la persona amada las razones de su amor. Por eso experimenta su amor como un destino irremediable.
Cada uno de los niveles amorosos que he señalado –el deseo, el dolor de la ausencia, el gozo en la posesión, la afirmación de la existencia ajena y la necesidad de su felicidad– pueden llamarse, sin duda, amor, sabiendo que sólo el nivel último, que integra a los demás, alcanza la totalidad de la experiencia. Se trata de una experiencia integradora y por ello muy compleja.
Cuando la persona amada alcanza esa autonomía asombrosa, aparece otra característica del amor que Sartre también contó, aunque de manera sesgada. Quien emerge de ese sentimiento es un ser dotado de una cualidad muy especial. El sujeto quiere ser querido por esa persona. Pero solamente después de alcanzar, en el propio sentimiento, su autonomía. El sujeto quiere ser amado precisamente por esa persona libre, independiente, valiosa en sí. Surge así un carácter contradictorio del sentimiento: amar, entre otras cosas, significa querer ser amado. Si hacemos una sustitución en la frase –parecida a las que se hacen en matemáticas– aparece un fenómeno muy curioso. Atienda el lector para no perderse en el trabalenguas.
Hemos quedado que «amar = querer ser amado». Si sustituimos esta palabra, resulta que «amar = querer que el otro quiera ser amado por mí». Si todavía realizamos otra sustitución, tenemos que «amar = querer que el otro quiera que yo quiera que el otro me ame». Así podemos llegar a un círculo interminable de solicitaciones de amor. El sentimiento se introduce en un juego interminable de espejos paralelos, que Sartre consideraba como prueba de imposibilidad, pero que también puede interpretarse como prueba de perduración.
De El laberinto sentimental, Anagrama

4 comentarios:
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